viernes, 7 de noviembre de 2008

Noches de poesía

Inspiración, identificación, disposición... a las letras, al pensamiento. Quizá es lo necesario para ver, o más precisamente, para sentir una obra literaria. A pesar de que no era un lector habitual de literatura poética debo admitir que se han ganado mi respeto todos aquellos maestros que logran dominar a la perfección tan sublime camino de expresión. En ella el autor puede desgarrar su alma para expresar un sentimiento, plasmar la cruda realidad de las cosas o elevar la belleza de lo ínfimo.

Una pieza es titulada "La voz", o al menos así viene en la versión de las "flores del mal" que yo tengo a mi disposición, desconozco el titulo original, en francés, supongo. Su presencia se planta ante mis ojos como esa indesición por hacer o dejar de hacer ciertas cosas. Al fin, ¿Cómo esperamos conocer el camino antes de si quiera vislumbrar una dirección? Lo importante son las desiciones que tomemos. Los caminos están ahí, pacientes, esperando a ser recorridos. Léan la siguiente poésia de Baudelaire y hay me dicen si estoy interpretando bien.

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La voz
Carlos Baudelaire

Mi cuna era de una biblioteca vecina,
Babel, donde a lo escrito erigieron un solio;
allí la herencia griega y la herencia latina
se mezclaban: yo no era más alto que un infolio.
Y dos voces me hablaban. Una firme, atrevida,
decía: "Es esta tierra como un panal muy lleno;
yo puedo (y tu placer no tendrá entonces freno)
hacerte un apetito igual a su cabida".
Y la otra: "¡Ven, y en sueños yo lograré que vayas
más allá de lo visto y de lo conocido!"
Esta cantaba como el viento de las playas,
fantasma no se sabe de qué país venido,
que acaricia el espíritu y a la vez lo domina.
Y yo le dije: "Sí, dulce voz". De aquél día
data lo que podemos apellidar mi ruina
y mi fatalidad. Tras la viviente orgía
de la existencia inmensa, en el más negro abismo
veo distintamente singulares visiones,
y víctima pasmada de mi propio espejismo,
voy arrastrando víboras que muerden mis talones.
Desde el instante aquel, igual que los profetas,
adoro tiernamente el desierto y la mar;
río en los lutos, lloro en las fiestas inquietas,
y el vino más amargo me es dulce al paladar.
Tomo grotescamente los hechos por ensueños,
y, contemplando el cielo, doy en un pozo a poco;
pero acude y me dice la voz: "¡Guarda tus sueños!
El sabio no los tiene tan bellos como el loco".

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