La llegada al destino fue tranquila, sin tanto inconveniente. Había pensado que volver a su ciudad de origen sería una faena que agotaría todas mis fuerzas. ¡Vaya! El simple hecho de considerar el regreso era para mi una idea de magnitudes escalofriantes. Volvería a aquél lugar desprovisto de alguna clase de comodidad de la que gozamos en las ciudades grandes hoy en día, como ésta en la que he vivido en los últimos años. Sin embargo un deseo por reencontrarme con ella progresivamente trasladaba mi estado anímico a un estado tan deplorable que era urgente visitarla.
La llegada fue sencilla, la multitud de gente era avasalladora, nunca había logrado comprender como lograba concentrarse tanta gente en un lugar tan pequeño y principalmente en esta ciudades. Había dos filas enormes de personas, no comprendo si todas ellas intentaban salir, o huir de aquel lugar al que me dirigía, o simplemente buscaban el refugio donde pasar la noche. A mi costado tres niños jugando, visualizándose en un estadio enorme de fútbol. Qué imaginación esa de aquellos niños. Dos de ellos conformaban los equipos contrincantes. Por su forma de comunicarse parece que habían tenido relación desde mucho tiempo atrás. Aunque quizá no fuera así, quizá la vida en las calles los hace valorar a las otras personas que están a su lado y ese afecto por sus compañeros crea lazos parecidos a aquel como el que existe entre los hermanos de sangre. En la portería estaba una niña. Su edad, como la de los otros dos niños, no pasaba los doce años. Era vendedora de chucherías, de esas que venden usualmente los niños de la calle para intentar sobrevivir. Qué vida tan miserable ésta a la que hemos orillado a semejantes criaturas.
Sorpresivamente apareció un señor, se acercó a mi en calidad de amigo, un amigo que me conocía de toda la vida y con el cual siempre he estado en contacto. Bien sabía yo que esto jamas fue sido así. No conocía a ninguna persona salvo a Ella. Intenté evadirlo y lo logré con relativa facilidad, tomé mi maletín y me despedí de él cordialmente. En ese momento uno de los niños había logrado encestar su primer gol y lo festejaba con un ánimo como el de los jugadores profesionales que la gente fanática de este deporte ve en el estadio de la ciudad donde vivo.
Me dirigí hacia la entrada de la estación. Atravesé entre las múltiples filas de seres humanos aguerridos por llamar la atención, absortos en miles de conversaciones. Sentados en aquellas hileras de asientos tan infinitos como las líneas del ferrocarril en el que acababa de llegar. Al menos eso me hacía pensar el maletín que llevaba cargando. El viaje en si había sido agotador, toda la noche había intentado dormir y lo lograba entre ratos pero siempre la unión entre dos vías del tren y el golpe que usualmente le seguía trastocaban el fondo de mis odios y se dirigía directamente a mi cerebro, reactivándolo y no sin irse sin un ¡Maldita sea ese sonido!
La encontré entre las hileras de gente sentada esperando su turno en el próximo ferrocarril. Ahí estaba ella, tan fantástica como siempre, llevaba un vestido claro y largo que denotaba más el carácter gentil y frágil de su cuerpo, era una diosa. La salude muy afectivamente, hacia bastante tiempo que no la veía y misteriosamente, todo aquello por lo que había pasado se desvaneció sin dejar rastro alguno.
Caminamos abrazados uno a otro hasta la entrada de la estación, la multitud de personas se dispersaba mas conforme nos dirigíamos a la entrada, poco a poco fui sintiendo la ligera brisa del anochecer en aquel lugar. Algo que sin duda alguna siempre había envidiado. En mi ciudad jamás se podía contemplar el anochecer con tan semejante lucidez. El ajetreo de las personas yendo de un lugar a otro en sus carros, el bullicio mezquino e insolente de las "grandes señoras" de la alta sociedad. ¡Va! todo aquello era tan absurdo y trágico para mi.
- ¿Cómo has estado? - le preguntéLa llegada fue sencilla, la multitud de gente era avasalladora, nunca había logrado comprender como lograba concentrarse tanta gente en un lugar tan pequeño y principalmente en esta ciudades. Había dos filas enormes de personas, no comprendo si todas ellas intentaban salir, o huir de aquel lugar al que me dirigía, o simplemente buscaban el refugio donde pasar la noche. A mi costado tres niños jugando, visualizándose en un estadio enorme de fútbol. Qué imaginación esa de aquellos niños. Dos de ellos conformaban los equipos contrincantes. Por su forma de comunicarse parece que habían tenido relación desde mucho tiempo atrás. Aunque quizá no fuera así, quizá la vida en las calles los hace valorar a las otras personas que están a su lado y ese afecto por sus compañeros crea lazos parecidos a aquel como el que existe entre los hermanos de sangre. En la portería estaba una niña. Su edad, como la de los otros dos niños, no pasaba los doce años. Era vendedora de chucherías, de esas que venden usualmente los niños de la calle para intentar sobrevivir. Qué vida tan miserable ésta a la que hemos orillado a semejantes criaturas.
Sorpresivamente apareció un señor, se acercó a mi en calidad de amigo, un amigo que me conocía de toda la vida y con el cual siempre he estado en contacto. Bien sabía yo que esto jamas fue sido así. No conocía a ninguna persona salvo a Ella. Intenté evadirlo y lo logré con relativa facilidad, tomé mi maletín y me despedí de él cordialmente. En ese momento uno de los niños había logrado encestar su primer gol y lo festejaba con un ánimo como el de los jugadores profesionales que la gente fanática de este deporte ve en el estadio de la ciudad donde vivo.
Me dirigí hacia la entrada de la estación. Atravesé entre las múltiples filas de seres humanos aguerridos por llamar la atención, absortos en miles de conversaciones. Sentados en aquellas hileras de asientos tan infinitos como las líneas del ferrocarril en el que acababa de llegar. Al menos eso me hacía pensar el maletín que llevaba cargando. El viaje en si había sido agotador, toda la noche había intentado dormir y lo lograba entre ratos pero siempre la unión entre dos vías del tren y el golpe que usualmente le seguía trastocaban el fondo de mis odios y se dirigía directamente a mi cerebro, reactivándolo y no sin irse sin un ¡Maldita sea ese sonido!
La encontré entre las hileras de gente sentada esperando su turno en el próximo ferrocarril. Ahí estaba ella, tan fantástica como siempre, llevaba un vestido claro y largo que denotaba más el carácter gentil y frágil de su cuerpo, era una diosa. La salude muy afectivamente, hacia bastante tiempo que no la veía y misteriosamente, todo aquello por lo que había pasado se desvaneció sin dejar rastro alguno.
Caminamos abrazados uno a otro hasta la entrada de la estación, la multitud de personas se dispersaba mas conforme nos dirigíamos a la entrada, poco a poco fui sintiendo la ligera brisa del anochecer en aquel lugar. Algo que sin duda alguna siempre había envidiado. En mi ciudad jamás se podía contemplar el anochecer con tan semejante lucidez. El ajetreo de las personas yendo de un lugar a otro en sus carros, el bullicio mezquino e insolente de las "grandes señoras" de la alta sociedad. ¡Va! todo aquello era tan absurdo y trágico para mi.
- Muy bien, te estuve esperando mas temprano, ahora ha caído la noche. - Me contestó
- No hay problema, nos iremos pronto aun no es muy tarde, esperemos que el camino sea seguro.
- ¿Qué has hecho? Dime todo, quiero saber - agregué.
- Acompañado a mi madre en las labores diarias como siempre. Estuve leyendo
una novela que adquirí.
- ¡Ah si? - Pregunte, eso me había causado impresión, de pronto desee tanto abrazarla que no pude resistir la tentación.
- Sí, lo he hecho, está muy interesante, tendrás que leerla. - Lo dijo y termino con aquella sonrisa tan libre y fresca. Cautivó mi atención por sobre la belleza de los astros que comenzaban a verse en aquella noche.
- Tenemos que apresurarnos. - dijo
De pronto nos encontramos en el camino. Un lugar solitario y largo, los carros no podían transitar por ahí, era el único camino que conducía al único pueblo seguro. Sin embargo había que transcurrir a pie esta región libre de todo contacto humano, donde las bestias solían salir durante la noche y los hombres atracaban a los viajeros para robar sus pertenencias y aprovecharse de sus mujeres. Era inevitable, teníamos que cruzar este lugar para llegar. Valía mas que nos aprovecháramos de la noche para pasar inadvertidos, aunque la luz de la luna llena iluminaba muy bien el sendero aquella noche. El camino se curvó.
- Afortunadamente todo parece estar tranquilo. Sin embargo es preferible irnos corriendo para evitar cualquier sorpresa - Me dijo.Pronto me tomo de la mano y comenzamos a correr. Hacía mucho tiempo que no corría y ella me halaba con fuerza, nunca la había visto así. Íbamos corriendo atentos a las orillas del camino, esperando que ninguna bestia apareciera y nos atacara. Sentía mi aliento irse premeditadamente de mi cuerpo y entonces vimos a lo lejos una figura oscura moverse en la orilla del camino, nos acercamos y era un simple conejo.
Mas adelante vimos lo que parecía un perro salvaje – No le hagas caso, sigue adelante, no te detengas, le dije. Lo pasamos sin siquiera llamar su atención, parecía que iba persiguiendo al pobre conejo que metros atrás habíamos dejado.
Ya veíamos las primeras casas de aquél pueblo donde al fin nos sentiríamos un poco mas seguros y entonces lo vimos. Una de las bestias que no queríamos encontrar, estaba ahí mostrando sus enormes colmillos. Mucho mas feroz que el perro que habíamos pasado. Nos acercábamos, estaba escondido entre dos casas y sentimos la urgencia de detenernos, no supimos que hacer, el temor que aquella bestia hambrienta producía no nos dejaba pensar con lucidez y de pronto las luces de un carro nos iluminaron por la espalda. Apenas nos dió tiempo de percatarnos de su existencia. Pasó de largo sin darnos tiempo de solicitarles ayuda. Afortunadamente había espantado aquel lobo un poco, el tiempo suficiente para ganarle algo de camino y solicitar ayuda entre las casas de mas adelante.
- Corre, no te detengas, mas rápido - le dije.Mas adelante vimos lo que parecía un perro salvaje – No le hagas caso, sigue adelante, no te detengas, le dije. Lo pasamos sin siquiera llamar su atención, parecía que iba persiguiendo al pobre conejo que metros atrás habíamos dejado.
Ya veíamos las primeras casas de aquél pueblo donde al fin nos sentiríamos un poco mas seguros y entonces lo vimos. Una de las bestias que no queríamos encontrar, estaba ahí mostrando sus enormes colmillos. Mucho mas feroz que el perro que habíamos pasado. Nos acercábamos, estaba escondido entre dos casas y sentimos la urgencia de detenernos, no supimos que hacer, el temor que aquella bestia hambrienta producía no nos dejaba pensar con lucidez y de pronto las luces de un carro nos iluminaron por la espalda. Apenas nos dió tiempo de percatarnos de su existencia. Pasó de largo sin darnos tiempo de solicitarles ayuda. Afortunadamente había espantado aquel lobo un poco, el tiempo suficiente para ganarle algo de camino y solicitar ayuda entre las casas de mas adelante.
Avanzamos por la única avenida que había, todas las casas estaban a los costados pero todos dormían ya la noche.
- El espíritu oscuro, comenzó a gritar ella.
Así le conocían al lobo en aquel lugar puesto que nunca atacaba de día. Les robaba ganado y algunas veces, alguna manada, había dejado ya a alguno que otro hombre incapacitado para trabajar.
- Un espíritu oscuro, comencé a gritar con todas mis fuerzas pero nadie respondía a nuestra solicitud.
Seguimos avanzando y encontramos a un señor sentado justo afuera de su casa, como absorto en su meditación. Tan pronto nos escuchó y se libro de ésta. Con una seña nos invito a refugiarnos en su casa.
- Muchas gracias, le dijimos. Nos topamos un lobo al entrar al pueblo y temimos que estos estuvieran merodeando por aquí y atacaran a otra persona.- Muchas personas son ya las que se vienen a los pueblo y dejan las grandes ciudades. Algunos están comenzando a valorar el vivir en la naturaleza, con los animales. Parece que ustedes aun no.
Concluí que esta situación no le molestaba en lo mas mínimo a las personas en este pueblo y preferí no continuar con esta conversación. Nos acercamos a una habitación donde se encontraba su esposa. Se veía a través del cristal muy atenta a algo que la mantenía ocupada.
- Oh, está secando rosas - la escuché a ella decir frente a mi.- Así es querida, salio la voz del interior del cuarto; Eres una muchacha muy atenta, seguro que tu sabes apreciar la belleza que estoy preservando. Por la mañana te enseñaré.
- Continuemos, dijo su esposo.
Pasamos otra habitación pero en esta se apreciaban las rosas que había logrado secar la amable señora que nos brindaba alojamiento. Eran grandes, pequeñas, profusas de pétalos, rojas, amarillas. Todo un arco iris de formas y texturas.
- Que lindo todo esto - dijo ella.- Es tiempo de que descansen, nos dijo. Nos había alcanzado nuestra anfitriona.
- Cómo lo hace? Pregunto ella.
- Secando cada pétalo de rosa querida, por la mañana te enseñaré...